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La problemática del agua en Santiago en la segunda mitad del siglo XIX

Desde la Colonia, los santiaguinos obtenían agua para consumo doméstico por medio de tres vías: sacándola de pilas públicas, comprándola a los vendedores ambulantes –más conocidos como «aguateros»– o recogiéndola de sus propios pozos, en el caso de las familias acomodadas. Pese a algunos contratiempos, estas formas de abastecimiento funcionaron sin mayor alteración hasta el primer tercio del siglo XIX.

Hacia 1850, sin embargo, una prolongada sequía y el aumento demográfico hicieron que este bien comenzara a escasear, generando dificultades cada vez más serias para la población. Entre ellas, las insalubres condiciones en que vivían las clases populares –en gran parte debido a la falta de agua– favorecieron la rápida propagación de epidemias, las que se intensificaron a partir de la década de 1860.

Para solucionar el problema –que afectaba también el riego de los predios agrícolas que proveían de frutas y verduras a los santiaguinos–, las autoridades municipales resolvieron adquirir la Empresa de Agua Potable y poner en marcha un conjunto de medidas tendientes a ampliar este servicio y optimizar su uso. El principal impulsor de estas iniciativas fue Benjamín Vicuña Mackenna, intendente de la capital entre 1872 y 1875, quien durante su gestión proyectó y ejecutó una serie de obras públicas que cambiaron por completo la cara de la capital.

La modernización del servicio durante la gestión de Vicuña Mackenna 

Ampliar el acceso al agua fue una de las grandes preocupaciones del intendente, quien comprendió tempranamente la necesidad de asegurar y regularizar el abastecimiento de este recurso como condición necesaria para construir una ciudad moderna. 

Con esta idea en mente, Vicuña Mackenna convocó a un grupo de expertos que estudiara el problema y planteara una estrategia para enfrentarlo. El resultado fue un paquete de disposiciones que incluyó la expansión de las redes de distribución domiciliaria, el aumento del número de pilas públicas y la implementación de medidas de racionalización, algo poco común en el Chile de esa época. Además, se decidió explorar en las inmediaciones de la ciudad nuevas fuentes donde captar agua tanto para consumo humano como para riego. 

Quizás la más emblemática de estas excursiones fue la que encabezó el propio Vicuña Mackenna en 1873 a las lagunas Negra y Encañado, ubicadas 25 kilómetros al sureste del Cajón del Maipo, en la cordillera de los Andes. Integrada por varios ingenieros –y con la ayuda de lugareños y de cuatro hábiles remeros traídos de Valparaíso–, la expedición se propuso medir dichas lagunas y examinar sus características geográficas, para así determinar a ciencia cierta si sería factible obtener agua de ellas. 

Fiel a la personalidad del intendente, se trataba de un plan ambicioso: nada menos que recurrir a dos embalses naturales, distantes más de 100 kilómetros de Santiago, para aliviar la sed de sus habitantes y de los campos aledaños. Y aunque Vicuña Mackenna no alcanzaría a verlo realizado, su iniciativa dio impulso a un conjunto de obras hidráulicas que mejorarían las condiciones de vida en la ciudad a principios del siglo XX.


Descarga el artículo completo “La problemática del agua. Actores, iniciativas institucionales y vida urbana en Santiago de Chile, 1870-1900”, por Simón Castillo Fernández.